martes, 8 de noviembre de 2016

Cayeron por la libertad de Cuba



Por Argentina Jiménez
El 8 de noviembre de 1958 se escenificó en la capital cubana el combate armado más grande de los luchadores clandestinos. Cayeron hasta tirar las últimas balas Ángel Ameijeiras Delgado .–Machaco-,  Rogelio Perea Suárez –Rogito- y Pedro. Gutiérrez Hernández –Pedrito-.
Machaco, Rogito y  Pedrito no vieron sus ideales de libertad y justicia hechos realidad. Machaco, jefe de Acción  provincial del Movimiento 26 de Julio,  no pudo conocer a su primer hijo, en esos momentos en el vientre de Norma Porras, su esposa, quien salió herida, fue llevada a un hospital, interrogada, vejada y después presa hasta el triunfo de la Revolución. Rogito no materializó la ilusión de casarse con su novia y. Pedrito no logró  despedirse de su hijita. Pensaba ir a verla el día de su cumpleaños, el mismo día que le quitaron la vida.
¡Cuántos sueños truncados! ¡Cuántas esperanzas rotas!
Ensañamiento con los cadáveres. Tres días secuestrados  en el necrocomio de la necrópolis de Colón, custodiados por esbirros del sanguinario coronel Esteban Ventura Novo. Ventura.   A través del funerario  Armando  Maulini Jordán se alquiló una bóveda.   A los tres días cuando llegó con los carros fúnebres y las respectivas cajas para recoger los cadáveres y velarlos en la funeraria, donde esperaban los familiares y amigos, impidieron sacarlos del cementerio.  A estos les avisaron que ya iban a enterrarlos y de prisa fueron para el campo santo. Ninguno pudo participar en el sepelio. La policía lo impidió.  Sin embargo, muy cerca del sepulcro llegó Ofelia de la Fuente,  viuda de Arístides Viera, otro mártir, escabulléndose, oculta y en silencio, les dio  el último adiós. Después fue a ver a Maulini para conocer  dónde estaba la bóveda. Escasos días después ya todos sabían el sitio en el cual sepultaron a sus muertos queridos, a quienes pudieron entonces visitar.
La fecha del 8 de noviembre de 1958 quedó inscrita en la historia de Cuba, y en especial en la capital, como una página heroica en la lucha por la libertad e independencia de la Patria, al escenificarse en Goicuría y O´Farrill, en la Víbora, municipio de Diez de Octubre, el mayor enfrentamiento  armado de los clandestinos en La Habana.
En el primer aniversario de su caída en combate, al inaugurarse en ese lugar una tarja que los recuerda, el comandante Raúl Castro,  afirmó: “Esos compañeros cayeron luchando en La Habana, en la batalla clandestina, como tantos otros que cayeron cumpliendo con su deber por los ideales de la Patria.
“Recuerdo que con el compañero Efigenio  (Ameijeiras) les avisé que se fueran para el II Frente Frank País, advirtiéndoles que la labor de sabotaje en la capital ya no podía dar más y que la lucha armada se imponía, a lo que contestaron que su deber estaba aquí y que si abandonaban la lucha en La Habana se podía pensar que la Sierra estaba débil y desorientarse el pueblo. Así cayeron llenos de valor y fieles en el cumplimiento del deber contraído”



jueves, 3 de noviembre de 2016

José Martí y su correspondencia epistolar: odas a la amistad, al periodismo y a la independencia de América Latina



Salim Lamrani*
Introducción
 La correspondencia epistolar representa una parte sustancial de la inmensa obra de José Martí, que a menudo privilegió este tipo de comunicación característico de su época. El Apóstol cubano intercambió así, a lo largo de su vida, centenas de cartas y esta abundante correspondencia se explica, entre otros, por el hecho de que pasó una gran parte de su vida en el exilio, lejos de los suyos y de sus seres queridos. La mayor parte del contenido epistolar es de orden político, pero también hay correos más personales, más íntimos, en los cuales expresa sus sentimientos amistosos.
            La amistad es importante para José Martí. En una entrevista con un periodista estadounidense confiaba lo siguiente: “Si me preguntan cuál es la palabra más bella, diré que es patria; y si me preguntan por otra, casi tan bella como patria, diré amistad”. Pues “para todas las penas, la amistad es remedio seguro”. El patriota cubano intercambiaría así una sólida correspondencia con el mexicano Manuel Mercado, su confidente y mejor amigo, su apoyo moral en los momentos difíciles, con el cual mantendría un fuerte lazo fraternal y a quien dedicaría versos poéticos.[
            Así, dos cartas dirigidas a Mercado en 1884 y 1889 son reveladoras del estado de ánimo de José Martí, de sus momentos de debilidad y de sus vicisitudes cotidianas. Del mismo modo otras cuatro cartas enviadas respectivamente a Valero Pujol, director del periódico El Progreso de Guatemala, Fausto Teodoro de Aldrey, director del periódico La Opinión Nacional de Caracas, Bartolomé Mitre y Vedia, director del periódico La Nación de Buenos Aires, al director del diario La República de Honduras, ilustran la rica y abundante colaboración periodística del Apóstol. Por fin, los correos a Roque Sáenz Peña, representante de Argentina en la Conferencia de Washington, Pío Víquez, director del periódico El Heraldo de Costa Rica, y Federico Henríquez y Carvajal, ardiente defensor de la emancipación de Cuba, arrojan una luz sobre la dedicación constante del cubano a la libertad de América Latina.
 Manuel Mercado
 Una amistad de más de veinte años unió a Manuel Mercado, abogado mexicano, a José Martí. Manuel Mercado conoció al patriota cubano el 10 de febrero de 1875 cuando ése llegó a México. Ambos intercambiaron una correspondencia variada de más de 140 cartas entre 1875 y 1895. Martí abordó tanto los problemas políticos del continente como temas más personales. Prueba de esta indefectible amistad, la última carta que redactaría Martí en vísperas de su muerte el 18 de mayo de 1895, la dirigiría a su “hermano muy querido, el más querido”.
            Resulta interesante analizar la carta del 13 de noviembre de 1884 que el Maestro escribió a Mercado desde Nueva York. José Martí expresa su estado de ánimo a su confidente y amigo y le hace partícipe a la vez de sus proyectos y de sus dificultades económicas. La misión de su vida sigue siendo la independencia de Cuba, sobre todo tras el fracaso de la primera guerra de liberación entre 1868 y 1878, por la cual se entrega cuerpo y alma en detrimento de su existencia personal. Martí evoca los límites financieros a los cuales se enfrenta en su búsqueda de los recursos necesarios para la consolidación del proyecto patriótico. Sabe que la lucha será “desesperada y larga”. La causa de la libertad devora sus escasos ingresos y, leal a sus principios, su conciencia lo obligó a renunciar al cargo de cónsul interino de la República Oriental de Uruguay –su “único modo de vivir”–, por la “amistad” de Montevideo “con España”, la opresora de Cuba.
Relata a su “hermano” mexicano su encuentro con Máximo Gómez y Antonio Maceo, los dos principales líderes, “valientes y puros”, del movimiento independentista cubano. La reunión es tempestuosa y José Martí se opone a los dos jefes, que desean emprender la batalla por la emancipación de la isla rápidamente. El exilado cubano estima, con razón, que no están reunidas las condiciones para librarse del yugo español. Para él está fuera de cuestión emprender “una campaña incompleta y funesta si no cambia de espíritu”. Hace falta primero federar a las fuerzas patrióticas en una misma estructura para conseguir la unidad necesaria para la victoria de la causa de la libertad. Del mismo modo es imprescindible echar las bases de la futura república antes de lanzar la epopeya revolucionaria, con el fin de evitar que la independencia desemboque en una nueva autocracia.
            Su opinión respecto a los dos patriotas cubanos es severa y expresa sus reservas: “¿A qué echar abajo la tiranía ajena para poner en su lugar, con todos los prestigios del triunfo, la propia?” Martí acusa a Maceo y a Gómez de querer hacer de la guerra de independencia una “empresa propia” y lamenta la “desdeñosa insolencia” de los dos veteranos respecto a él, cuando dedica todos sus esfuerzos desde hace años a la empresa revolucionaria, “al servicio de mi patria”.
            En esta misiva, Martí solicita la ayuda de su amigo Mercado para que le consiga una colaboración periodística semanal en el Diario Oficial de México sobre los asuntos estadounidenses, lo que le permitiría asegurar su subsistencia y la de su familia. Su contrato con el periódico Sun, en el cual escribe en francés, no le alcanza para hacer frente a los gastos diarios. El exilado cubano propone también a Mercado lanzar una revista mensual desde Nueva York que trataría de política, economía, literatura y arte, y que se distribuiría con una decena de diarios latinoamericanos. Para ello pide una retribución mensual de 120 dólares, sin lograr ocultar su sentimiento de malestar: “¿No ve que me debe estar dando vergüenza hablarle de esto?” Para sobrevivir, Martí se ve obligado a realizar una actividad comercial que le provoca “disgusto”. Para enfatizar la urgencia de la situación, termina su carta con un implorante “ayúdeme”.
            Esta carta a su amigo mexicano es doblemente interesante. Ilustra primero el profundo desacuerdo político de José Martí con Antonio Maceo y Máximo Gómez sobre la estrategia a adoptar para poner fin al colonialismo español y edificar una patria soberana. Por otra parte, este intercambio epistolar muestra la dura vida cotidiana del exilado cubano en Nueva York, afrontado regulares vicisitudes al punto de que no logra asegurar su propia subsistencia ni la de sus seres queridos.
            Otra carta a Manuel Mercado de diciembre de 1889 muestra hasta qué punto el amigo mexicano es el verdadero confidente de Martí. “¿Por qué no he de hablarle más que de mí en mis cartas?”, pregunta el cubano. El patriota se disculpa por la escasez de los intercambios epistolares. Se dedica por completo a la defensa de sus “ideas queridas” y de sus “deberes públicos”. Solo tiene una cosa en mente: “mi tierra y mis otras tierras americanas”. El año es importante ya que Martí participa como delegado en la Conferencia Panamericana de Washington y pronuncia su famoso discurso “Madre América”. Ya no hay tiempo para “escribir a la madre enojada, o al hermano ejemplar, o al generoso hermano literario, o a los entusiastas amigos”. Pero en cuanto coge la pluma no puede dejar de hablar de su propia persona, como si desease satisfacer esa irreprimible necesidad de confesión.
            Martí informa al amigo mexicano de que dedica toda su energía y sus limitados recursos a luchar contra la “la política de intriga y división” que lleva Estados Unidos “con daño general de nuestra América”. “¡Qué esfuerzos para hacerles entender que México no es su enemigo, sino en cuanto ellos se presten a ser aliados de los enemigos de México!”, lamenta el cubano. “Quiero libre a mi tierra –y a mi América libre”.
 La amistad –profunda y sincera– fue el vector de la relación entre José Martí y Manuel Mercado. El cubano encontró en el mexicano al asesor precioso, al confidente fiable y al hermano que siempre quiso tener.
 Colaboraciones periodísticas
 José Martí desarrolló a lo largo de su vida una intensa actividad periodística y colaboró en muchos diarios y revistas. Esta relación profesional también se transformó en relación amistosa con los directores de los periódicos que publicaron sus trabajos. Las cartas intercambiadas con ellos tienen a la vez un contenido profesional y, a veces, un lado más íntimo.
            En una carta a Valero Pujol, director del periódico El Progreso de Guatemala, del 27 de noviembre de 1877, Martí expresa su agradecimiento por la publicación de un artículo elogioso sobre el discurso que pronunció el 15 de septiembre de 1877 por la conmemoración de la independencia de Guatemala. En efecto, Martí había rendido homenaje a la nación centroamericana que ofrecía al exilado perseguido una generosa hospitalidad: “Canté a la Guatemala laboriosa […].Canté una estrofa del canto americano”.
            No obstante Martí rechaza la crítica que aparece al final del artículo y recuerda algunos hechos. En su discurso vibrante pero sin concesiones, el Maestro defendió la causa indígena, recordando que los pueblos precolombinos constituían el alma de la patria guatemalteca: “Volví los ojos hacia los pobres indios, tan aptos para todo y tan destituidos de todo, herederos de artistas y maestros, de los trabajadores de estatuas, de los creadores de tablas astronómicas, de la gran Xelahú, de la valerosa Utatlán”.
El cubano defendió esta “América fabulosa”, denunciando las “rencillas personales, fronteras imposibles, mezquinas divisiones”, que constituyen obstáculos al progreso humano y a la unión continental. “Ensalzando a la trabajadora Guatemala, y excitándola a su auge y poderío, ¿habré obrado contra ella? Rogando a una hermana que sea próspera ¿habré obrado en mal de la familia?”. He aquí las respuestas interrogativas de Martí a sus detractores. No vive para brindar alabanzas halagüeñas, sino para decir la verdad: “Un hombre nace para vencer, no para halagar”. La pasión explica su vehemencia y solo lo mueve el amor que siente por Guatemala.
El orador concluye su carta con ardor:

Estoy orgulloso, ciertamente, de mi amor a los hombres, de mi apasionado afecto a todas estas tierras, preparadas a común destino por iguales y cruentos dolores. Para ellas trabajo, y les hablaré siempre con el entusiasmo y la rudeza […] de un hijo amantísimo, que no quiere que sus amigos llamen a la energía necesaria, inoportunidad; a las resistencias sordas, circunstancias.
Vivir humilde, trabajar mucho, engrandecer a América, estudiar sus fuerzas y revelárselas, pagar a los pueblos el bien que me hacen: éste es mi oficio. Nada me abatirá; nadie me lo impedirá. Si tengo sangre ardiente, no me lo reproche U., que tiene sangre aragonesa.
Ud. me ha hecho mucho bien: –hágame aún más. No diga U. de mí, –que eso vale poco: “Escribió bien”, “habló bien”. –Diga U., en vez de esto: “Es un corazón sincero, es un hombre ardiente, es un hombre honrado”.[14]

Decir la verdad, sin hipocresía, a los seres estimados y para quienes uno desea lo mejor. Tal es la concepción de la amistad de José Martí.

            En una carta de despedida a su amigo Fausto Teodoro de Aldrey, director del diario La Opinión Nacional de Caracas, del 27 de julio de 1881, José Martí le anuncia la inminencia de su salida de Venezuela para Nueva York y le expresa en términos cálidos su amistad y gratitud. Su apego a la tierra de Bolívar donde vivió varios meses es sincero. Se lleva las “tiernas muestras de afecto” que recibió, los “hidalgos corazones” y “los ideales enérgicos”. Martí se reivindica hijo de Venezuela e hijo de América, dispuesto a servir la causa de la emancipación. Informa también a Aldrey de que deja de aparecer su Revista Venezolana y se despide con hermoso homenaje: “A este noble país, urna de glorias; a sus hijos, que me han agasajado como a hermano; a Ud., lujoso de bondades para conmigo, envía, con agradecimiento y con tristeza, su humilde adiós José Martí”.[15]
            En otra misiva a Bartolomé Mitre y Vedia, director del periódico La Nación de Buenos Aires, del 19 de diciembre de 1882, Martí expresa su alegría al recibir la correspondencia de sus amigos, sobre todo cuando una comunidad de ideales y pensamientos une a las personas.[16]
            El cubano responde positivamente a una propuesta de colaboración mensual en el diario argentino. A partir de enero de 1883 mandará sus crónicas sobre Estados Unidos desde Nueva York, pero usará su pluma para emitir críticas constructivas: “Suelo ser caluroso en la alabanza […]. Cuando haya cosas censurables, ellas se censurarán por sí mismas”. Lamenta por ejemplo “este amor exclusivo, vehemente y desasosegado de la fortuna material”, que corrompe las sociedades de América.[17]
            Martí aprovecha la carta para revelar detalles más íntimos. Así, confiesa que no ha visto a su mujer y a su hijo desde hace “dos años” hasta su visita de diciembre de 1882. Martí resulta perturbado por esa ausencia familiar y afectiva, así como por su aclimatación difícil a la ciudad de Nueva York que le han quitado “el sosiego de espíritu y claridad de mente necesarios para escribir con honradez y serenidad cosas que han de leer gentes sensatas”. También le hace partícipe de sus aprietos económicos ya que apenas dispone del “papel” necesario para redactar la carta.[18]
            Por otra parte, en una carta del 8 de julio de 1886 al director de La República de Honduras, José Martí lo informa de que redactará “periódicamente” para el diario una revista sobre la vida en Estados Unidos que sería de interés para la nación centroamericana. “La cultura no ha tenido todavía tiempo de distribuirse en la masa con la abundancia necesaria”, apunta el cubano. Es necesario brindarla a “nuestros pobres pueblos nuevos, bautizados en la ignorancia y en el odio”.[19]
            José Martí denuncia también las “resistencias de los privilegios”, las “acumulaciones de poder en los caudillos populares”, el “desdichado servimiento de los hombres cultos”, las “mismas guerras frecuentes” que llevan a América Latina a la ruina y al deshonor. Al contrario es preciso sustituir ello por “la fe en nuestras fuerzas propias, el conocimiento de nuestras necesidades verdaderas, el desdén de los combates inútiles, y las virtudes de los trabajadores”.[20]
            Martí, respetando las conveniencias, alaba el camino escogido por Honduras aunque peque de exageración: “Acá en Nueva York, por ejemplo, apenas hay país hispanoamericano que esté ante el público con más gallardía que Honduras”. Apunta con placer evidente que ese país, cuyos intereses se representan en “uno de los más bellos edificios de Nueva York”, suscita la apetencia de los hombres de negocios por sus riquezas naturales. El cubano concluye su misiva informando al director de que transmitirá todas las noticias de interés sobre todos los aspectos de la sociedad estadounidense.[21]

            Las colaboraciones periodísticas de José Martí dan una idea de su impresionante actividad intelectual y de su prestigio por todo el continente. Los diarios latinoamericanos más importantes solicitaron regularmente los análisis del patriota cubano.

La independencia de América Latina

            La independencia de América Latina fue la obra de toda la vida de José Martí. La corta misiva del 10 de abril de 1890 a Roque Sáenz Peña, representante de Argentina en la Conferencia de Washington y futuro presidente de Argentina (1910-1914), ilustra la dedicación constante de Martí a la libertad del continente. Es sólo un ejemplo entre muchos.[22]
            En una carta del 8 de julio de 1893 a Pío Víquez, fundador del diario El Heraldo de Costa Rica, amigo íntimo que le tendió una mano fraterna en momentos difíciles, el Maestro llama a “mantener a esta América nuestra”. Aprovecha la ocasión para rendir tributo a Costa Rica que le abrió brazos acogedores: “Yo llegué ayer, insignificante e ignorado, a esta tierra que siempre defendí y amé, por culta y viril, por hospitalaria y trabajadora, por sagaz y por nueva”.[23]
            José Martí también tuvo un intercambio epistolar con el dominicano Federico Henríquez y Carvajal, gran partidario de la independencia de Cuba. Su carta más célebre sigue siendo la enviada el 25 de marzo de 1895, el mismo día que redactó el Manifiesto de Montecristi con Máximo Gómez, que echa las bases de la Segunda Guerra de Independencia. En esta carta de despedida, Martí expresa su sentimiento. En vísperas de su salida para Cuba (el 11 de abril), se muestra lúcido en cuanto a los peligros: es tiempo de “encarar la muerte” para salvar a “la patria cuajada de enemigos”. Era inconcebible para el patriota cubano no participar en “la guerra necesaria” pues no se puede “predic[ar] la necesidad de morir y no empez[ar] por poner en riesgo su vida”. Martí es consciente de lo que le reserva el porvenir y no aspira a nada más que realizar su sueño de libertad: “Para mí la patria, no será nunca triunfo, sino agonía y deber […].Quien piensa en sí, no ama a la patria […]. Mi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador: morir callado. Para mí, ya es hora”. Visionario, Martí sabe que el futuro de América Latina, amenazada por un poderoso vecino, depende de la libertad de Cuba: “Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa […]. Si caigo, será también por la independencia de su patria”.[24]

            El Apóstol cubano dedicó así todas sus fuerzas a dos grandes misiones durante su existencia: la libertad de América latina y la realización del proyecto bolivariano de una unidad continental.

Conclusión

            En estos intercambios epistolares a la vez políticos, profesionales y amistosos, se ve el lado humano y frágil del exilado cubano, atormentado por las dudas y las dificultades financieras, lejos de sus seres queridos, que solicita la ayuda material y sobre todo moral de Manuel Mercado, el amigo íntimo, el confidente. Cabalmente dedicado a la causa suprema de la libertad, José Martí atravesó la vida cual un sacerdocio y el sufrimiento y la soledad marcaron el camino tortuoso de su existencia.
            Se descubre también al periodista perspicaz, prolijo e informado, sutil observador de la sociedad estadounidense y de las sociedades latinoamericanas, que multiplica las colaboraciones en el continente, y cuyo análisis fino e implacable es apreciado por las elites intelectuales latinoamericanas.
            Se ve finalmente al José Martí patriota, plenamente dedicado a la causa de la independencia de Cuba y del continente latinoamericano. Clarividente en cuanto al peligro que representan las ambiciones expansionistas de Washington, obra para despertar las conciencias e impedir el desarrollo del tenebroso proyecto estadounidense.
 *Doctor en Estudios Ibéricos y Latinoamericanos de la Universidad Paris Sorbonne-Paris IV, Salim Lamrani es profesor titular de la Universidad de La Reunión y periodista, especialista de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Su último libro se titula Cuba, the Media, and the Challenge of Impartiality, New York, Monthly Review Press, 2014, con un prólogo de Eduardo Galeano. http://monthlyreview.org/books/pb4710/ Contacto: lamranisalim@yahoo.fr ; Salim.Lamrani@univ-reunion.fr Página Facebook: https://www.facebook.com/SalimLamraniOfficiel

martes, 18 de octubre de 2016

LAS PIADOSAS INTROMISIONES IMPERIALISTAS


Por Manuel E. Yepe
Exclusivo para el diario POR ESTO! de Mérida, México.
http://manuelyepe.wordpress.com/

¿Está Estados Unidos próximo a consagrar la intervención humanitaria
como principio fundamental de su diplomacia?

Tal es la pregunta con que comienza un interesante trabajo sobre la
política exterior estadounidense publicado el 3 de octubre por el
columnista del tanque pensante Foreign Policy In Focus, periodista
independiente y doctor en Antropología de la Universidad de
California, Conn Hallinan.

Mientras los medios de prensa de gran circulación se centran en la
carrera entre Hillary Clinton y Donald Trump por la presidencia de
Estados Unidos, otro debate no menos importante tiene lugar acerca del
curso futuro de la diplomacia de la superpotencia.

Actualmente, Washington libra guerras activas en Afganistán, Irak,
Siria, Yemen y Somalia. Ha desplegado tropas en la frontera con Rusia,
trata de cercar a China y amplía grandemente su presencia militar en
Asia.
Para Hallinan, no sería una exageración afirmar, como lo ha hecho el
ex Secretario de defensa estadounidense William Perry, que el mundo se
ha convertido hoy en un lugar más peligroso que durante los más
tiempos tirantes de la guerra fría.

Samantha Power, actual embajadora ante la ONU, es asesora clave en
política exterior del gobierno de Obama. Dado que se cree que ella
jugará un papel similar si Hillary Clinton resulta electa, se atribuye
mucho peso a sus puntos  de vista.

En un reciente artículo, Power opina cómo, a su juicio, debe actuar un
estadista en función de avanzar los intereses de la nación. Comienza
argumentando que la diplomacia estadounidense debe reflejar los
intereses nacionales pero razona que estos son indistinguibles de los
"valores morales" y “lo que suceda a la gente en otros países forma
parte de nuestra propia seguridad nacional".

Power, junto con Hillary y el ex presidente Bill Clinton, han sido
defensores de la “intervención humanitaria”, argumento con el que
Estados Unidos intervino en la guerra civil yugoslava y que, luego,
formalizado el término como “responsabilidad de proteger”, fue la
justificación para derrocar a Muammmar Gaddafi en Libia.

Hillary Clinton ha defendido la idea de establecer "zonas de exclusión
aérea" para bloquear a Siria y evitar que aviones rusos bombardeen a
los sediciosos de ese país que Washington controla.

Pero la señora Power propone algo distinto a una intervención
humanitaria. Sugiere elevar la responsabilidad de proteger al nivel de
la seguridad nacional, argumento obviamente inaceptable para países
cuyo sistema jurídico no sea idéntico al norteamericano.

Aunque Rusia, China y Venezuela están igualmente en la mira de
Washington, Samantha Power dedica más tiempo a Moscú y la actual
crisis en Ucrania. Washington acusa a Moscú de ocupar la Crimea y de
haber silenciado la noticia de la intervención rusa a su propio
pueblo, porque  "muchos rusos podrían oponerse a tal acción” pasando
por alto que han sido los medios de prensa rusos los que
principalmente han informado sobre la situación en Ucrania.

Según Hallinan, Power no presenta evidencia alguna que respalde esta
declaración porque no las hay. Al margen de lo que se piense del papel
de Moscú en Ucrania, la gran mayoría de los rusos no sólo está
consciente de ello, sino que apoya al Presidente Vladimir Putin
abrumadoramente en el tema.

Desde el punto de vista del ruso promedio, la OTAN ha estado
constantemente marchando hacia el este desde el final de la guerra de
Yugoslavia. Son los estadounidenses los que están desplegados en el
Báltico y Polonia, no los rusos sobre las fronteras de Canadá y
México. Los rusos son muy sensibles sobre cuestiones de fronteras,
habida cuenta las decenas de millones de ciudadanos que murieron en la
II Guerra Mundial, algo que Power parece ignorar.

A Power no parece preocuparle lo que los chinos y los rusos piensen de
Estados Unidos, aspecto que –según Conn Hallinan– constituye una
habilidad esencial en la diplomacia internacional porque es así como
un estadista determina si el oponente plantea una amenaza grave para
su seguridad nacional.

¿Es Rusia acaso -como dijo recientemente Obama en la ONU- quien
“intenta recuperar por la fuerza la gloria perdida” o es que Moscú
reacciona a lo que percibe como amenaza a su seguridad nacional? Rusia
no intervino en Ucrania hasta que Estados Unidos y sus aliados de la
OTAN apoyaron el golpe de estado contra el gobierno de esa nación y
abandonaron un acuerdo que había sido forjado entre la Unión Europea,
Moscú y Washington para resolver pacíficamente la crisis.

Hallinan concluye su trabajo con una cita del experto en temas
mediorientales Patrick Cockburn: “Estados Unidos sigue siendo una
superpotencia, pero ya no es tan poderoso como antes. Si bien aún
puede derrocar regímenes que no sean de su agrado, no puede reemplazar
lo que ha sido destruido”. El modelo de diplomacia de la señora Power
es una fórmula reiterativa de guerra e inestabilidad.

Octubre 13 de 2016.