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Palabras en la UNEAC durante la presentación de la edición
cubana del libro de Louis A. Pérez Jr “Cuba en el imaginario de los Estados
Unidos”, La Habana,
27 de enero de 2015
La edición cubana de éste, uno de los más recientes libros de Louis A. Pérez
Jr., se suma a la fértil cosecha de quien es profundo estudioso de Cuba y de
sus vínculos con Estados Unidos. Su publicación tiene especial importancia
ahora cuando el restablecimiento de las relaciones diplomáticas provoca
tantos comentarios, especulaciones y también no pocas ilusiones. A ese tema,
el de nuestra posición hacia el poderoso vecino, dedicó Martí reflexiones que
siempre tendrán plena vigencia, entre ellas su recomendación de examinar con
ojos judiciales lo que era y habría de ser cuestión determinante para la
suerte de la nación cubana.
El Apóstol era todavía un adolescente cuando el Padre de la Patria descubrió que
“apoderarse de Cuba” era “el secreto de la política norteamericana” y que
para llevarlo a cabo buscarían el momento más oportuno y las condiciones más
propicias. A ese cálculo frío y actitud malévola se referiría Martí quien
conoció como pocos aquella sociedad y alertó a tiempo el peligro mortal que
encerraba para Cuba.
El libro de Louis A. Pérez, fruto también de un conocimiento a fondo de la
sociedad norteamericana, es resultado de una investigación minuciosa que
abarca todos los terrenos, desde la política hasta la vida cotidiana,
incluyendo las más diversas manifestaciones de la cultura. Su lectura puede
sorprender a quienes han reducido el tema a las contradicciones coyunturales
y desavenencias que enfrentaron a dos buenos vecinos a partir de la Revolución cubana de
1959, el llamado “diferendo”, eufemismo muy abusado a ambos lados del
estrecho de la
Florida.
“Cuba in the American imagination” prueba
que se trata de algo mucho más complejo y antiguo, anterior al surgimiento de
la nación cubana. Su origen se remonta a los años inmediatamente posteriores
a la independencia de las Trece Colonias y ha perdurado, como una constante
invariable, a lo largo de más de dos siglos, durante todo el proceso de
formación, expansión y desarrollo de los Estados Unidos.
La idea de que Cuba les pertenecía, que su incorporación era necesaria para
la existencia misma de la Unión Norteamericana y en consecuencia, era
obligación inevitable de ésta decidir el futuro de la Isla, es el verdadero punto
de partida para entender la dinámica de las relaciones entre los dos países
desde entonces hasta hoy.
Esa idea, acompañada de una visión distorsionada de la realidad de Cuba y los
cubanos, siempre paternalista y discriminatoria y muchas veces racista,
estará presente en los discursos de estadistas y políticos, en editoriales,
caricaturas, y artículos periodísticos, en disertaciones académicas, en
libros, sermones, poemas y canciones y también, por supuesto, en documentos
oficiales y confidenciales. La pretensión de dominar a Cuba, claramente
manifestada en estos últimos, requería contar con el apoyo o la aquiescencia
del pueblo norteamericano en el seno del cual siempre hubo simpatías y
sentimientos amistosos hacia los habitantes de un país cercano a ellos por
muchos motivos. Controlar y dirigir la mente de ese pueblo ha sido objetivo
permanente para los dueños de Estados Unidos.
El resultado lo resume el autor:
“Cuba ocupaba muchos niveles dentro de la imaginación norteamericana,
frecuentemente todos a la vez; de ellos casi todos funcionaban al servicio de
los intereses de Estados Unidos. La relación norteamericana con Cuba era por
sobre todas las cosas servir de instrumento. Cuba –y los cubanos- eran un
medio para alcanzar un fin, estaban dedicados a ser un medio para satisfacer
las necesidades norteamericanas y cumplir los intereses norteamericanos. Los
norteamericanos llegaban a conocer a Cuba principalmente por medio de
representaciones que eran por completo de su propia creación, lo cual sugiere
que la Cuba
que los norteamericanos escogieron para relacionarse era, de hecho, un
producto de su propia imaginación y una proyección de sus necesidades. Los
norteamericanos rara vez se relacionaban con la realidad cubana en sus
propios términos o como una condición que poseía una lógica interna o con los
cubanos como un pueblo con una historia interior o como una nación que poseía
su propio destino. Siempre ha sido así entre Estados Unidos y Cuba.”
La raíz de ese modo de representarse a Cuba –y también al resto del mundo—
era la representación que los norteamericanos han hecho de sí mismos,
producto igualmente de su propia imaginación. El primer gran mito es el de
atribuir un carácter revolucionario a las acciones de los propietarios de las
Trece Colonias para independizarse de la Corona Británica.
Indagaciones posteriores revelan que el proceso tuvo como motivaciones
principales el interés de los colonos en extender su dominio sobre
territorios ubicados más allá de los límites geográficos establecidos por
Londres y la preocupación ante el avance indetenible en la metrópolis de los
sentimientos abolicionistas que amenazaban con poner fin, cual sucedió, al
tráfico y la explotación del trabajo esclavo. Entre los que enfrentaron a su
Majestad Británica había representantes del pensamiento más avanzado de la
época, como Tom Payne y sectores populares que aspiraban a cambiar también la
estructura de la sociedad colonial, pero fueron derrotados y reprimidos por
los Padres Fundadores y sus continuadores. No exagera el profesor Gerald
Horne cuando titula uno de sus estudios más recientes “La Contrarrevolución
de 1776”.
El otro gran mito es el que vincula a la nueva república con la idea de la
democracia. Este resulta particularmente notable pues desde el principio
Hamilton, Madison y Jay se empeñaron en demostrar lo contrario e insistieron
en asegurar que su Constitución garantizaría que el país fuera siempre
gobernado por sus amos, los dueños de sus riquezas materiales.
Esos mitos conjugados animan la idea de la “excepcionalidad” norteamericana y
el carácter mesiánico, providencial, de su papel en la Historia. Esa creencia
ha sustentado el discurso de todos los gobernantes desde Washington hasta
Obama. La eficacia de su proyección es obvia. Con él han logrado embriagar,
hasta el embrutecimiento, a un muy amplio sector de su población y a no pocos
en otros países.
La función del lenguaje, y la comunicación como instrumentos de control
político, con diversas y cada vez más sofisticadas técnicas, alcanzan ya un
poder del que resulta difícil escapar. Hace casi medio siglo Brzezinski
vaticinó que las nuevas tecnologías serían capaces no sólo de “manipular las
emociones” sino también de “controlar la razón” del hombre contemporáneo.
Cuando en fecha tan temprana como 1805 Thomas Jefferson diseñó un destino
para Cuba, que en su convicción más profunda era indispensable para el futuro
de su propio país, definió al mismo tiempo la estrategia para conseguirlo.
Estados Unidos tendría que apoderarse de Cuba pero antes deberían existir las
condiciones que lo facilitasen.
Entonces la soberanía norteamericana no iba más allá del Mississippi. Las dos
Floridas, desde el gran río hasta el Atlántico, seguían bajo la autoridad
española. Cuba y Estados Unidos no eran aún vecinos.
Transcurrió casi una centuria durante la cual los sucesores de Jefferson no
se limitaron a esperar. Intentaron comprar la Isla, mantuvieron a raya las apetencias
respecto a ella de otras potencias europeas; se empeñaron en frustrar el
proyecto liberador bolivariano, fomentaron la corriente anexionista de la
sacarocracia criolla, y, durante nuestras guerras por la independencia, se
negaron a reconocer las instituciones cubanas y la beligerancia del Ejército
Libertador, mientras permitieron a España artillar y equipar su flota y
utilizar sus puertos como bases para bloquear a los territorios insurrectos.
El momento propicio para pasar a la acción llegó, como sabemos, en 1898.
Como ilustra este libro ese año se desbordó la campaña para ganar las
conciencias del pueblo norteamericano y convencerlo de la necesidad de
participar en la guerra que España estaba a punto de perder. La realización
del interés imperialista ejecutando, finalmente, un plan largamente
concebido, fue presentada, sin embargo, como el cumplimiento de una
obligación moral, altruista, la de ir al rescate de un vecino en desgracia.
El libro examina el papel de la metáfora, los símbolos, para el logro de
objetivos políticos condicionando de manera más o menos sutil el modo de
pensar y el estado de ánimo del receptor. Ofrece a este respecto un abundante
repertorio de textos oficiales, discursos y declaraciones y también de
producciones artísticas y editoriales y artículos de prensa y no falta una
amplia muestra de caricaturas de la época. Cuba aparece como una joven
maltratada pidiendo auxilio, o como un niño desvalido o malcriado y sucio y
el Tío Sam como el caballero que viene al rescate de la doncella, o el
maestro empeñado en limpiar y educar al infante descarriado. Las imágenes van
cambiando según marchan los acontecimientos desde la bella mujer abandonada
–los mambises, recordemos, no existían- hasta los niños díscolos,
preferiblemente negros, urgidos de limpieza y disciplina.
Este muy valioso estudio abarca el Siglo XIX y los primeros años del XX. El
triunfo revolucionario en 1959 iniciaría otra etapa en la que la manipulación
de símbolos también desempeñaría una función primordial. Se puso de moda
entonces hablar de un imaginario distanciamiento entre Washington y Batista
supuestamente decisivo para el derrocamiento del dictador. Hubo que esperar
hasta 1996 para conocer el texto del último mensaje del Secretario de Estado
a su Embajador en La Habana,
cuando concluía el año 58 en el que el señor Herter recapitulaba con amargura
la ayuda que en todos los terrenos habían dado hasta ese instante al tirano
derrotado.
O la leyenda incesantemente repetida acerca de los “millones” de cubanos que
“escaparon” de la Isla
después de la victoria de enero y que ha servido de instrumento para denigrar
a Cuba y manipular groseramente la cuestión migratoria. Según sus propias
estadísticas oficiales, sin embargo, es ahora, en el Siglo XXI, que esa
emigración, incluyendo a su descendencia nacida allá, sobrepasa el primer
millón. Y algo que suele obviarse aunque consta en los mismos registros
gubernamentales: en 1958 la emigración cubana era superior a la de la
totalidad del Continente exceptuando a México.
Sería interminable la relación de imágenes inventadas y falacias diseminadas
en los años del período revolucionario. Permítanme rendir homenaje sólo a la
“proeza” ejecutada en abril de 1961 por los intrépidos navegantes que
desembarcaron por el puerto de Bayamo.
Aquella, la de 1898, fue una campaña exitosa. La solidaridad del pueblo
estadounidense, manifestada con gran amplitud desde el alzamiento de
Céspedes, se había intensificado treinta años después. A la simpatía natural
se unía el rechazo ante la crueldad weyleriana. El respaldo popular a los
cubanos alcanzó niveles muy notables y se reflejó, más allá del discurso
político, en el teatro, la música y la poesía.
La intervención en el conflicto no fue vista como lo que era, una conjura
imperialista, sino como la realización de un ideal noble y puro. Sumarse a
los mambises y pelear junto a ellos fue el anhelo de muchos. Basta mencionar
a Mark Twain y Carl Sandburg.
Esa visión generosa, desprendida, aparecería en la Resolución Conjunta
por medio de la enmienda Teller que, sin embargo, contradecía al verdadero
plan oficial que se concretaría en el texto del Senador Oliver Platt.
Lo que vino después es conocido. Los sueños frustrados, la lucha siempre
renovada hasta el amanecer de enero y luego medio siglo de resistencia y
creación, en los que no han faltado la hazaña y los sacrificios, los momentos
de amargura y alegría, pero sobre todo, la certeza de haber llegado a la
tierra prometida que concibieron los abuelos.
Ahora cuando se anuncia un nuevo capítulo en esta larga saga urge impedir que
el olvido cubra de sombras el camino tan dolorosamente recorrido.
Porque como advirtiera Cintio Vitier en un texto que hoy y mañana habrá que
recordar “en la hora actual de Cuba sabemos que nuestra verdadera
fortaleza está en asumir nuestra historia”.
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